16.10.11

Bukowski - THE SUICIDE

EL SUICIDIO



Considerar el suicidio era una práctica común para Marvin Denning. A veces su pensamiento sobre el tema desaparecía durante días, incluso semanas, y se sentía casi normal, suficientemente normal como para seguir viviendo con comodidad por un tiempo. Después el impulso volvería. En esos momentos, la vida se volvía demasiado para él, las horas y los días se arrastraban inútilmente. Las voces, las caras, el comportamiento de la gente lo enfermaban.
Ahora, manejando al salir del trabajo, el impulso suicida estaba ahí presente. Apagó la radio del auto. Había estado escuchando la 3era de Beethoven, y la música le había parecido completamente equivocada, pretenciosa, forzada.
-Mierda, dijo.
Marvin estaba atravesando el puente que lo llevaba de vuelta a su departamento. Era un puente que cruzaba uno de los puertos más grandes del mundo. Marvin detuvo su auto cerca de la mitad del puente, encendió las balizas y salió del vehículo. Había una saliente al lado de la baranda del puente, y se subió.
Más allá de él se extendía un alambrado de unos buenos 3 metros de altura. Tendría que trepar ese alambrado para llegar al borde.
Debajo suyo estaba el agua. Se veía pacífica. Se veía simplemente bien.
La hora pico del tránsito estaba creciendo. El auto de Marvin bloqueaba el carril próximo. Los autos trataban de cambiar de carril. El tráfico se acumulaba. Algunos autos tocaron bocina a medida que pasaban. Conductores insultaron a Marvin a medida que avanzaban.
-Eh, ¿estás loco?, ¿o qué?
-¡Zambullite! ¡El agua está tibia!
Marvin siguió mirando fijamente abajo hacia el agua. Decidió trepar los alambres y cruzar. Entonces, escuchó otra voz.
-Señor, ¿está usted bien?
Un auto de policía se había estacionado atrás del auto de Marvin. Luces rojas parpadeaban. Un oficial se le acercó mientras el otro permanecía en el auto. El oficial se movió rápidamente hacia él. Era joven con una cara delgada y pálida.
-¿Cuál es el problema, señor?
-Es mi auto, oficial, se paró, no quiere arrancar.
-¿Qué está haciendo en el borde?
-Sólo mirando.
-¿Mirando qué?
-El agua.
El oficial se acercó más.
-Este no es un parador.
-Ya sé. Es el auto. Nada más estaba parado ahí, esperando.
Marvin se bajó de la saliente. El oficial estaba a su lado. Tenía una linterna.
-Abra bien los ojos, por favor.
Apuntó primero la luz de la linterna en el ojo derecho de Marvin, después en el izquierdo, después colgó la linterna en su cinturón.
-Déjeme ver su licencia.
El policía agarró la licencia.
-Quédese donde está.
El policía volvió al patrullero. Metió la cabeza en la ventanilla, y habló con el otro policía. Después se irguió y esperó. Después de unos minutos caminó devuelta hacia Marvin, le devolvió su licencia.
-Señor, vamos a tener que mover su auto del puente.
-¿Va a llamar una grúa? Gracias.
El auto de Marvin estaba estacionado en una leve pendiente cerca del centro del puente.
-No, vamos a darle un empujón. Quizás cuando empiece a andar, arranque.
-Es muy amable de su parte, oficial.
-Por favor suba a su auto, señor.
Marvin fue a su auto y esperó. Cuando el auto de policía chocó el suyo, sacó el freno de mano y lo puso en punto muerto. Lo empujó por el centro del puente y bajaron por el otro el lado. Puso segunda, pisó el acelerador y, por supuesto, el auto arrancó. Saludó desde el auto a la policía y siguió andando.
Lo siguieron. Lo siguieron bajando el puente y llegando al bulevar principal. Las cuadras pasaban. Continuaron siguiéndolo. Entonces Marvin vio un café: El novillo azul. Entró al estacionamiento y encontró un espacio. La policía estacionó algunos metros detrás, entre Marvin y el café. Marvin salió de su auto, lo cerró y caminó hacia El novillo azul. Pasó delante del patrullero y los volvió a saludar, “gracias otra vez, oficiales.”
-Mejor haga ver ese auto, señor.
-Lo haré, por supuesto.
Marvin caminó hacia el café sin mirar atrás. El restaurant estaba lleno. Todas las caras le provocaban una especie de náusea. Había un cartel:

POR FAVOR ESPERE PARA TOMAR ASIENTO

Marvin no esperó. Caminó hacia la última mesa vacía, se sentó. No tenía hambre.
Una mesera enorme apareció en un atuendo rosa. Tenía una cabeza muy redonda y sus labios estaban pintados en un frambuesa intenso. Le alcanzó un brilloso menú.
-¿Cómo está hoy?, preguntó.
-Bien. ¿Y usted?
Ella no respondió. Después habló.
-¿Café, señor?
-No.
-¿Ya sabe qué va a ordenar?
-No. Por el momento, tráigame un vaso de vino.
-¿Cuál?
-El vino de la casa está bien. ¿Tiene oporto?
La moza se fue y él miró cómo sus enormes nalgas se alejaban trabajosamente.
Quizás pueda volver al puente esta noche cuando no haya nadie alrededor, pensó Marvin.
Dos hombres estaban en una mesa atrás de Marvin. Él podía escucharlos hablar.
-¿Los Dodgers están bastante bien, no?
-Sí. Y Los Ángeles están también ahí arriba en la tabla. Imaginalo. Tal vez tengamos una buena serie.
-¿Eso sería un infierno de gritos, eh?
Después la moza volvió con el vino de Marvin. Lo apoyó bruscamente y algo de vino rebalsó y salpicó sobre la mesa.
-Disculpe, señor.
-No hay problema.
-¿Ya sabe lo que va a pedir?
-No, no todavía.
-Esta noche tenemos un especial de solomillo.
-No, gracias.
Meneó sus nalgas y se fue. Marvin tomó un sorbo de vino. Tenía gusto a viejo, de alguna manera lo hizo pensar en arañas. Después escuchó la música que empezó a sonar. “No tengo que decirte que te amo”, cantaba una voz masculina.
Después escuchó a los hombres detrás suyo.
-Te voy a decir algo que no vas a poder creer.
-¿Como qué?
-Ronald Reagan fue el mejor presidente que tuvo este país.
-Vamos, tuvimos muchos presidentes. Es una afirmación arriesgada.
-Sin Reagan esos rusos de mierda estarían por todo el mundo, estarían trepando el cerco de nuestro patio trasero. Los detuvo donde debían ser detenidos. ¡Sabían que hablaba en serio!
-Bueno, sí, fue un buen hombre.
-Te digo más, ¡va a haber una guerra en el ESPACIO! ¡Entre nosotros y los rusos! ¡Vamos a estar peleando por la luna, por Marte, por todos los planetas!
-Ya tenemos nuestra bandera en la luna.
Marvin terminó su vino e hizo un gesto a la moza. Ella rodó lenta y ruidosamente.
-¿Listo para pedir, señor?
-Otro vino, por favor.
-Tenemos especial de solomillo…
-Sólo el vino, por favor.
Marvin escuchó otra vez la música que sonaba. Otro hombre estaba cantando, cantaba: “Sino atendés el teléfono rápido, voy a ir a tu habitación.
Después la moza volvió con el vino. Lo apoyó.
-¡No lo derramé esta vez, ¿vio?!
Ella soltó un estallido de risa completamente falsa.
-Estoy mejorando, ¿vio?
-Lo hacés bien…
-Diana es mi nombre.
-Lo hacés bien Diana.
Después se ocupó de sus otras obligaciones. La tarde se disolvió rápidamente en la noche. Marvin dio un sorbo a su vino.
Cuando se estampara en el agua, iba a ser como golpear contra el cemento. Excepto que se deslizaría en ese frío azul –una pierna para un lado, la otra pierna para el otro– y el pelo de su cabeza flotando. Zapatos torpes en torpes pies. Fuera de sí. Cero menos cero. Tan acabado como se puede estar, de acá a la nada. Bastante bien. No podías tenerlo todo.
De repente hubo un estallido, un vaso rompiéndose. La puerta principal se abrió de una patada y dos hombres entraron usando medias como máscaras. Una mujer gritó.
-¡Cerrá la puta boca o estás muerta! –gritó el más bajo. ¡Es en serio! ¡No es un chiste! ¡Contrólense o están todos muertos!
Cada hombre llevaba un saco de lona. El más alto fue hacia la caja registradora, apretó una tecla, la bandeja de la caja se abrió de golpe. Empezó a juntar billetes y monedas en el saco.
Cada hombre tenía lo que parecía ser una Magnum 357.
-O.k. ¡Todas las billeteras y las carteras sobre la mesa! ¡Los anillos también! ¡Relojes! ¡Todo! ¡El que intente hacerse el vivo, la paga, ¿entendieron?!
Después empezó a circular por las mesas poniendo todo dentro del saco.
El hombre más alto había terminado con la caja registradora. Vió a la mesera gorda encogerse de miedo a unos metros de distancia. Él corrió hacia ella, dijo: “¿Dónde está la caja del dinero?
-¿Qué?
-¡La puta caja del dinero! ¡Dónde guardan los billetes grandes!
La mesera gorda se quedó simplemente parada. El más bajo la sacudió, trabó la mano contra su cuello.
-Te voy a volar la cabeza! ¿Dónde está la caja del dinero?
La mesera gorda estaba lloriqueando, jadeante. Ella dijo: !Está en la cocina, abajo del fregadero!
-¡Qué nadie se mueva!
El hombre alto corrió hacia la cocina.
El hombre bajo empujó a la asustada mesera a un lado. Terminó de limpiar los objetos de valor de las mesas, metiéndolos dentro del saco.
El hombre alto salió corriendo de la cocina.
-¡Ya tengo el maldito dinero! ¡Vamos!
El hombre bajo estaba ocupado.
-¡Vos vigilá la puerta! ¡Dale a cualquiera que entre! ¡Mirá la puerta!
-¡Dale, vamos, ya tenemos suficiente!
-¡No, voy a llevármelo todo!
Siguió moviéndose hasta llegar a la mesa de Marvin.
-Ey, idiota, ¿dónde está tu billetera?
Marvin miró la cara cubierta con la media. De algún modo le gustaba. Mientras menos podías ver de una cara humana más agradable era.
-He decidido quedarme con mi billetera.
-Vos no decidís una mierda.
-Claro que sí.
-¡Bueno flaco, lo querés, lo tenés!
Marvin sintió la Magnum contra la sien.
-Ahora vas a sacar tu billetera, ¿está bien?
-No está bien. Me voy a quedar con mi billetera.
-Hey, –gritó el hombre alto– ¡vayámonos de acá!
El hombre bajo apretó fuerte la Magnum contra la sien de Marvin.
-¿Querés que éste sea tu último momento?
-Vamos, dispará –dijo Marvin.
Marvin esperó. El hombre puso el seguro a la pistola. Marvin vio al hombre agarrar la Magnum por el barril. Vio alzarse la pistola, sentado ahí, esperando. Estrelló la Magnum en medio de su cráneo. Hubo una explosión de luz amarilla, azul y roja, pero Marvin no sintió dolor. Por un momento no pudo moverse. Lo intentó. Empezó a patear salvajemente y le dio al hombre en el estómago con su pie derecho.
-Oooh…
El ladrón tiró el saco, se agarró la ingle, casi hundido sobre una pierna.
-Ohh, puta madre…
Marvin oyó otra vez el seguro de la pistola. El hombre apuntó la Magnum, apretó el gatillo. La bala pasó zumbando cerca del oído izquierdo de Marvin y rompió una lámpara colgando lejos al fondo de la sala.
-¡Vayámonos de acá!– gritó el hombre alto.
El hombre bajo se enderezó y caminó un poco torcido, y sosteniendo su Magnum y su saco, siguió al hombre alto hacia la puerta. Después se fueron.
Así, todos los clientes empezaron a dar vueltas y hablar al mismo tiempo. El encargado del café que había estado escondido en la cocina fue al teléfono. Marvin Denning terminó su vaso de vino e hizo señas a la mesera de gorda que estaba parada a unos pocos metros, temblando. Marvin se levantó, caminó hacia ella. “Diana, otro vaso de vino, por favor…”
-Oh, –dijo– oh… sí… por supuesto…
Marvin volvió y se sentó. El ruido de los que estaban en las mesas había alcanzado un tono enfermizo mientras hablaban del asalto.
Marvin esperó, después Diana volvió con su vino.
-Gracias, Diana.
Le dio un sorbo.
-Eso que hizo fue bastante valiente, señor. Gracias a eso, salvó las pertenencias de muchos de los clientes.
-Oh… sí…
-¡Está sangrando, pobre hombre!
-Está bien.
Diana se fue corriendo tan rápido como pudo. Denning oyó el sonido de la sirena de la policía. Tomó una servilleta y la sostuvo encima de su cabeza. Después la sacó y la miró. Sangre. La estúpida simplicidad de la sangre.
Entonces Diana volvió.
-Tome. Este repasador es todo lo que pude encontrar, pero está limpio.
-Gracias.
Plegó el repasador, y para complacerla, lo sostuvo sobre su cabeza.
-Mejor que se haga cocer eso.
-Está bien. Lo principal: ¡traéme aquel bife que mencionaste y tal vez unas papas fritas!
Diana volvió a la cocina y Denning le dio un sorbo a su vino.
Al minuto entró la policía. Entraron corriendo por la puerta, con las manos en la funda de las pistolas.
-Quédense todos donde están.
Uno de los oficiales era el de la delgada cara y pálida, el mismo que lo había detenido en el puente. Sus ojos se encontraron. Delgada cara pálida lo miró fijo.
-¿Qué está haciendo acá?
-Esperando un bife. Usted me acompañó hasta acá, ¿lo recuerda?
Dos policías más entraron.
-¿Esperando un bife?
-Sí, ¿hay alguna ley contra eso?
-Oficial, –dijo un cliente que estaba parado cerca– este hombre casi captura a uno de los ladrones. Lo pateó hasta que cayó al piso.
Diana apareció con las papas y el bife de Denning, los apoyó.
-Oficial, este es un hombre muy valiente, –dijo ella.
Uno de los clientes empezó a aplaudir. Los otros se unieron. Denning alzó su vaso de vino hacia ellos, y lo vació. Delgada cara pálida preguntó: “¿Conocía a los partícipes del robo?”
-No puedo decir que sí.
Entonces Denning oyó otra sirena. Los clientes se amontonaban alrededor de su mesa.
El policía, irritado, dijo: “¡aléjense!”. Un hombre bajo y fornido, de apariencia tonta, que necesitaba una afeitada, atravesó la puerta seguido de otro policía. Se acercó empujando a la mesa de Denning.
-¿Qué está pasando?
-¡Fui asaltado, este lugar fue asaltado! –dijo el encargado.
-¿Usted quién es?
-Richard Fouts, encargado de El novillo azul.
El hombre fornido sacó la placa. “Marsh Hutchinston, comisaría de Hillside”, dijo.
Después miró a Denning. Marsh sacó su lapicera y libreta.
-¿Usted quién es?
-Marvin Denning, cliente.
-Noqueó a uno de esos ladrones; lo tiró al piso.
-¿Es así?, –preguntó a Denning el hombre fornido.
-Sí, le di una patada en los huevos.
-¿Por qué?
-¿Acaso hay un lugar mejor?
-¿Cómo se veía?
-Se veía como un hombre usando una media como máscara.
-¿Altura?
-Entre 1 metro y medio y 2.
-¿Peso?
-Digamos, 65 kilos.
-¿Algo para distinguirlo?
-¿A qué se refiere?
-¿Cuál fue el rasgo más distintivo que notó?
-Tenía una Magnum 357.
El hombre fornido inhaló, exhaló. “Denning, hay algo de usted que no me gusta.”
-Hutchinson, estamos igual. Hay algo de usted que no me gusta.
-O.K. Quédese donde está.
Empezó a interrogar al encargado de El novillo azul.
Diana miró a Denning.
-¿Le molesta si me siento? Todo esto fue mucho para mí.
-Sentate, claro.
Denning sintió que todo el asiento cedía mientras Diana apoyaba sus grandes nalgas.
-Es valiente, –dijo– es un hombre valiente. Yo vi lo que hizo.
-O.K. –dijo Denning.
-Sé que esto puede sorprenderlo y sé que puede sonar extraño y algo loco, pero… Me gustaría hacer algo lindo por usted. ¿Está sorprendido?¿Me dejaría recompensarlo?
-Seguro.
-Cuando termine todo esto vamos a mi departamento. Dejá el bife. Te voy a cocinar algo mejor. ¿Te parezco atrevida?
-No.
-Sabés, –Diana rió– cuando me puso la pistola en la cabeza, pensé, me voy a morir y nunca… nunca estuve con un hombre. ¿No es eso terrible?
-Supongo que a veces pasa.
-Yo sé que soy gorda… estoy avergonzada.
-Está bien.
-Te traigo otro vino.
-¿Por qué no?
A Diana le costó levantarse y caminó con esfuerzo hacia la cocina.



Más tarde, en la oscuridad del departamento de Diana, trabajó sin parar. Denning no había tenido una actividad tan agotadora desde que había trabajado en la construcción después del secundario y antes de la universidad. Diana estaba gruñiendo y gimiendo.
-¡Quedate quieta, por el amor de dios! –le imploró.
Denning siguió esforzándose, unos buenos cinco minutos más, sustituyendo fantasía tras fantasía en su mente. Finalmente rodó hacia el costado. Estaba sudado, inhalaba y exhalaba con dificultad. La herida de su cabeza se había abierto y podía sentir un hilo de sangre corriendo por la nuca.
-Marvin, –dijo– te amo.
-Gracias, Diana.
Él se levantó y fue al baño. Mojó una toalla, se limpió, después con la parte seca de la toalla se ocupó de la sangre en su cabeza y cuello.
Bueno, muchos hombres encontraron la muerte sin haber tenido una virgen. Él no sería uno.
Tiró la toalla al piso, salió del baño, atravesó la habitación y fue a la cocina. Se sirvió un vaso de agua de la canilla y lo tomó de un sorbo.
Miró alrededor. Diana tenía un lindo departamento. Quizás sacaba mucha propina por compasión.
Encontró una lata de cerveza en la heladera, la abrió, y se sentó en la barra de la cocina, tomando y fumando un cigarrillo que había encontrado en un atado sobre la mesa. Terminó la cerveza y el cigarrillo, volvió al dormitorio. Diana estaba en el baño. Él empezó a vestirse. La escuchó cantando en el baño. La puerta se abrió y ella salió vestida con ropa de cama. Lo vio vestirse y la felicidad se desvaneció de su rostro.
-Ah, ¿te vas?
-Sí.
-¿Te voy a volver a ver?
-No.
-Por dios… –ella caminó lentamente hacia la cama. Se sentó en el borde de la cama, dándole la espalda. Sólo se sentó ahí, luciendo muy ancha. Las luces del cuarto estaban apagadas y sólo alumbraba la luz que salía de la puerta entreabierta del baño.
Denning se sentó en una silla atándose los zapatos.
La imagen del puente ahora se posaba en el centro de su cerebro, lo llamaba, cómo lo llamaba, lo llamaba una vez más. El agua lo atraía como si fuera un imán.
Denning terminó de atar sus zapatos, se levantó.
-Adiós, Diana.
Ella no contestó. Sólo se quedó sentada. Denning podía ver pequeños temblores recorriendo su cuerpo. Estaba sollozando suavemente, tratando de contener el llanto. Era casi obsceno. La cabeza de Diana estaba inclinada hacia adelante. Mientras Denning miraba tenía la sensación de estar observando la espalda de un ancho cuerpo sin cabeza.
-Escuchá, –le preguntó después de una larga pausa– ¿tenés algo para comer acá?
-¿Qué?
-Si tenés algo para comer acá.
Ella levantó su cabeza, giró.
-Oh. Oh, sí, Marvin, tengo una botella de vino y un par de bifes y unas verduras.
-¿Querés cenar?, –preguntó Denning.
Diana se levantó de la cama como si no pesara nada. Era bastante extraño. Después fue a la cocina.
Denning se sacó el abrigo, volvió a sentarse en la silla, se sacó los zapatos, medias, sus pantalones y cuando ella volvió él estaba aún en remera y calzoncillos.
Diana pasó a través de la puerta llevando una botella de vino, dos copas, el abridor. Le costaba un poco llevar todo eso y se reía, no una risa fuerte, pero una continua pequeña loca alegre risa.
La luz que salía de la puerta entreabierta del baño enmarcaba su cuerpo, su cara, las dos copas, la botella de vino, el abridor.
Nunca antes en los 46 años de su vida Marvin Denning había visto una mujer más linda.




Charles Bukowski. Betting on the Muse: Poems & Stories, 1996.



Traducción: Exequiel Accordino y Javier Fernández