16.5.11

El cazador

Andrés Monteagudo




1.



Los segundos de suspensión, solamente las caras en otro tiempo, genealogías de caras colgantes, más o menos maquilladas, esquiladas, cascoteadas, lo más factible es caras de todos los días, en la penumbra de un escenario iluminado con luz de ensayo. Estrellas negras dentro de una saca, en un campo de acción poco o nada confuso para mí, operativo avance, o en otros términos, topetazos entre la penumbra. Y después los cuerpos con sus mínimas prolongaciones, (máximas obstrucciones), ocasionalmente sudados (¡por tan poco viaje!), deshechos y maltrechos y sobre las frases las pisadas firmes, pisadas de zapato de punta charolada. “Pisando barro” – Más una pobre imitación de felicidad en la cara, de buenos días de mate. La pálida metástasis de la que hablo, que aparecía repecha, rapaleada e irónica, al cabo de más segundos (que de aquí en adelante voy a necesitar) que se terminaban cuidándose de no convertirse demasiado en protagonistas, divas, locas, ni cargarse con la moraleja: ir a más, ir a donde quedaron los efectos provisionalmente suspendidos. Escribir destruye. Pegándote la de la mierda, te digo, querido Hernández, ¡con claridad!... ¡fuerte y claro!... castrense, espíritu de mando. No te dejes llevar demasiado demasiado. El portero del teatro desesperado quiere conversar, pero yo sigo de largo como un coyote, entonces no puede contener el deseo de mi voz de mis palabras de mi interés por su blablá a viva voce (calabresa) y sus delirios de mamerto, como le dice Sandoval. Mamerto-dormido, gesticulis hablisoli: la vista puesta en el anafe, la pavita más estùpida que ví, el tacho de basura a tope y toda la calaña que junta abajo del escritorio de ciruja que comparte con el muchacho del turno noche que le roba o le esconde las cosas, dice Mamerto. Un “Mamerto” le costó acogotazo a un coreuta que lo increpó. Pero no fue Mamerto el agresor, sino su jefe directo, el señor Héctor Parmigiani. Un instante para reducir día de contemplación versus día de acción, pasándole paño a los cinco centímetros de anteojos. La vida pasa delante de mis narices, García, y yo escuchando la cantinela desde acá, sólo con mis lástimas y aburridísimo; en cambio, fijate vos, García, o Farías, es igual, andan resolviendo o embrollando la misma cosa, trabajando la cosa. Negociando el mercado interno y la paliza de la calle, le contesto. El portero achina los ojos: horrible de ver. La gente por el pasillo con tacitas de café y cintas 16 mm. ¿Cuál es la obra mejor?, pregunta. El gordo del INCAA le masajea la espalda antes de subirse al ascensor. Mamerto le dice que le quiere presentar un amigo y compañero de trabajo –guiña, achina, sonríe y afloran encías– que tiene una película verdaderamente impresionante sobre la vida de un escritor argentino al mismo tiempo que el gordo espero que cierre la puerta de madera del ascensore. Che, dejalos subir. Entonces sigue contándole sobre ese muchacho que trabaja en la compañía de ópera que tiene un material que él personalmente recomienda y que le quisiera hacer llegar, personalmente él y la película. El gordo le dice que no tiene problema que cuando la tenga terminada que la mande a concursos, en el 4to piso. El portero le contesta que sí, que efectivamente ya la tienen terminada. Bueno, si está lista, que me la traigan. Perfecto, dice el portero, y entonces cierra la puerta de madera y la cabeza del gordo, empotrada justo detrás de la ventanita del ascensor, mira a los costados a los espejos sólo después de haber tenido que contestar y deducir y exclamar.

Queridísimo Hernández, ya sabemos el motivo que nos distanció, no te dejes persuadir, (¡que no te metan cosas en la cabeza!) Hernández, no te podés engañar, esto no es el jardín de infantes, y además cuando te decían “a guardar a guardar” te estaban adiestrando, te estaban formando soldado de las fuerzas de la esclavitud. Me alcanza nada más con indicarte la oscuridad templada de tu voz cuando dijiste: Aquí me pongo. Y lo hiciste, eterno y suave. ¿No deberías sentir horizontales de repulsión ilimitada por estas limitaciones mías, luz necia de vengala? ¿No es cómico comunicar lo que por ahí se dice y lo que por ahí no tan sobado se dice también? Se escribe y se publica, Hernandecito querido, hoy día, en gran escala, títulos y nombres y mucho barullo. Pero cuidado que nunca faltan esos alambiques puestos sin arte, puestos por el jornal. ¿Tengo yo la culpa de todo? Yo no soy su general. No quiero hacerles el caldo. Por eso, Hernández: la vida se resiente. Un curioso filósofo –que supiste alguna vez tratar– escribió en su diario de 1943: “El canal y la Virgen son el fruto de la reina siberiana. A mi lado, actúan sobre la conciencia como el océano de Solaris”. Hernández, un escritor es una enfermedad, y un poco más que eso. Es el detalle de lo maldito. Admitiendo que deba precaverse lo necesario, subsistiendo con el chiquitaje.

Una pista de patín sobre una campana de hielo, derritiéndose por siempre, years of decay. Platos calientes, uno se partió; ahora se usa para éso. Conversando, versando, entrando y saliendo del pasaje Costa Rica, calle latina y por cierto muy liberal.

La carne del cordero cambia de color mientras los ángeles pampeanos corean su epitafio. Nadie debe sentirse herido, lo siento en el alma, ¡las cosas son así! ¡Se llama HAMBRE! Pero mi alma, querido Hernández, mi alma sucia hasta la médula de carne y de vino de todas las cepas, mi alma se desbarrancó y ya no fui dueño de mis actos. Corté la cabeza del animal y la clavé en el piche y todavía humeaba cuando llegué a la mesa donde estaban los comensales y se la mostré. Pero desafortunadamente una señorita se descompuso en medio del acting –que digamos ella misma concluyó, abrazaba a mi madre quien le administró 2 cápsulas de rivotril y la mandó a la cama. El lobo la persiguió aquella tarde. Esa misma noche, en el río, los aullidos, los villeros atlantes.

Su viaje empezaba en la esquina de la Estándar Electric a las 8 y media de la mañana en el colectivo 407 cartel blanco y las diez estaciones Avenida de Mayo o Congreso según los años. Es preciso tener disciplina tener un corazón lleno de buena voluntad para forjar como él lo hizo durante más de treinta años una filosofía un pensamiento. Esos despachos que él recorría no eran simples puertas de entrada o de salida en el sentido burocrático del término: eran umbrales en el sentido filosófico y fisiológico. ¿Cuál es el momento propicio para pedir un aumento? ¿Rogaste complicidad, compañerismo, compañero? Umbrales. Si mantuviste los secretos a salvo cuando apretabas a cargo de la situación: umbrales, umnbrales húmedos y boscosos subyugados a la nena que el reescritor bautizó “reina y zorra siberiana”? Um…

Tuve la impresión de haber llegado a un punto ciego; desandé el camino de los camarines hacia el subsuelo y subí las escaleras hasta el pasillo que daba a la puerta trasera del teatro. Había oscurecido, madrigueras y manoseo de la basura, primer acto. Él me estaba esperando, apoyado en la pared, con el cigarrillo entre los labios. Me ofreció un Viceroy. Los rechacé. Le ofrecí fuego; él estaba ofendido, hizo como que no me veía, se acomodó los anteojos, sus dedos torpes y gruesos chocaron contra la patilla y cuando quiso acomodarlas terminó por romperlas. Tendrías que haberlo visto, Hernández, al filo del lagrimón, semejante pelotudo. Esa noche, cuando se partía la patilla de los anteojos de Mamerto, empezó a llover en la ciudad. Empezó a llover y mucho. Al día siguiente habríamos de conocer los destrozos en detalle. Trasmallos humanos en Belgrano, Electrocutados en la capital, Evacuados, Granizo mortal. Me parece que no vas a ningún lado, me dijo sardónico el equeco. ¿Quién sabe?, le contesté. ¿Y vos sabés?, retrucó. Sólo el final, el cierre. Perfecto, yo nada más conozco ésa, dijo señalando la puerta trasera del teatro y riendo sin justa proporción. Tres o cuatro imágenes fuertes. Creíbles, falsificables. ¿Quién puede quitarte nada, Hernández? Hay que jugarselá. O pegarse la mierda retorcida de los panza llena en el tobogán de la nariz. Por esta calle pasan regularmente los manifestantes con sus familias enteras comiendo y bebiendo con y sin alcohol y otras combinaciones que yo mismo he visto preparar ahí en la puerta. Para este tipo de música tengo oído, vos sabés. Decidí que lo mejor era levantar campamento así fuera bajo la lluvia torrencial –al asecho de los mastodontes de colmillos rosados o lobos de Dimitri el cordero ruso– de modo que le pedí al portero las llaves de mi armario y diligentemente recogí mi sable y mi arco y flechas y las metí en un saco y me las tomé. Anduve viajando, digamos, a la intemperie. Primero el reconocimiento del terreno: primero el asfalto. Alguien que haya viajado sabe de antemano que el viaje se empieza duro, casi sin excepciones duro tensionado casi terco: empacado. No estamos acá para hacer alaraca, ni para sermonear. Para acceder al camino de la montaña hay que hacer un sacrificio. El Guardián cantó un tema muy conocido de Elton John. Esto era inaceptable. Tachar de aquí en adelante todas las referencias a bosques, selvas, arbustos, animalejos, senderitos, etc… ¡Ah! ¡la poda es salud! (¡otra vez ésos términos!)… devuelve al amputado la vida… apólogo de la tortura… en ruta de sinfine…

El cazador. No me basta con el relato hipostasiado, lacónico –“fragmentos ideales”– puros tortazos sin códigos, enrevesar para olvidar, dormirdespierto, presunciones, clarividencia, sólo dos disparos de carabina contra la cabeza del caimán (un yacaré o un caimán). ¿A la caza de qué? Ciencia oculta. Una breve totalidad sin manchas, sin atributos. Tonalidad: ya quisiera ése páramo, el erizamiento universal –contando lo descuidado y lo promiscuo de los últimos años en los que no me lavé los dientes ni la cara vórticeslagañosas añejas con olor a naftalina aplastadas contra el colchón sin sábanas, arenoso, mojado. Ni la prenda me la habían dejao ya. Dios sabe en lo vendrá a parar esta contienda –querido Hernández –o en todo caso, si tengo que proyectar, me las he ido sacando y creo que las últimas las dejé en un container de Puerto Madero, donde encontré las ratas más inverosímiles de la ciudad y la aparición siniestra de Cruz, riéndose de mis flaquezas, mi curtiembre, apoyando el culo liberado ahora en la realidad, habitando bancos de plazas, pilares de luz y tabiques de la avenida Forest. Tengo el culo negro, como Hernández caí; ya está, me perdí.

Conservación rigurosa, pactada, porque no todos los tratos son iguales pero en todas partes se sacan los ojos por mi venerada mujer. En nuestro país estamos acostumbrados. A tocar fibras íntimas. A mí me las tocaron cuatro o cinco veces, caminando por el centro, avanzando con la masa diligente, mi fibra y yo. Una ralea de perros y cazadores infinitos, como en el cuadro de Ucello; somos un pueblo muy dado al tarascón y al chutazo. Por ciertas transacciones culturales, no digo de clases sociales, lo cual me acercaría a otras opiniones de seminario, más bien ramplonas por defecto. Seres tercos, infamantes, cuarteados y convulsos, admitirlo no lastima. Yo también ataco. Tarascón por tarasca.