14.12.09

The rest is silence, por Javier Fernández




Los mandarines de la estética complejizan lo que nuestros ojos sencillamente ven. Esos eclipses visuales, placenteros recreos de la mirada que se dan cuando deambulamos paredes decoradas con pinturas y respiramos colores y olemos las formas. Pero por favor, no nos expliquen cómo perderse en los museos. Que los muertos en vida no nos priven del fulgor y de la vida que todavía nos pueden regalar algunos muertos queridos. Pasa lo mismo cuando nuestros ojos huérfanos se pasean por páginas llenas de viñetas sin una dirección determinada. Les pedimos, ¡no nos anquilosen las historietas con sus análisis!

Cualquiera podría ensayar una conjetura inteligente en torno al estado actual de la historieta argentina. Es cuestión de ir a una revistería amiga y echar un ojo a ver qué está pasando. Por favor no lo hagan. Que haya historietas buenas y baratas, el resto es silencio. El síndrome Gustavino, saga completa, está en las calles. Vayan de cabeza a conseguirlo. Me acuerdo el invierno del año 2006. Con un amigo caminamos por el puerto de Mar del Plata, y en la mochila, entre otras sustancias, llevamos unas Fierro con los primeros capítulos de El síndrome Gustavino. Su lectura nos produce mucho placer. Y sorpresa. Sobre todo lo que convoca nuestra atención son los dibujos de la tira. Digo que resplandece, y que dentro de su oscuridad nada de lo que muestra es incierto o poco inteligible. Eso que, por manido, le perdimos por completo el respeto al argumento. Pero qué decir de los dibujos de Lucas Varela sino que son admirables y sobresalen en su línea. Ya en el 2007 me topé con Estupefacto, ese hermoso librito que compila diecinueve de sus historias completas y merecería, por genuino, un capítulo aparte. Versatilidad de un artista original y bizarro. Estilo propio.

Es posible que los hechizos de Cyril Takayama no sean trucos, sino verdadera magia. Es posible que Edgar Berger no hablara con el vientre, sino que su muñeco, Charlie Mc Carthy, realmente tuviese vida propia. Brindo por eso. Por la levita y el bombín, a lo Chaplin, en las proyeccines de sombras y hand mime de Namikibashi. Estas modestas líneas valgan de introducción para presentar un trabajo interdisciplinario, multimedia y sobretodo de purísima composición: Palo y a la bolsa. Un proyecto audiovisual que llevan a cabo una compañía de adorables jóvenes y talentosos artistas. Proyecto, sí, pruebas de algo que todavía no tiene una forma definitiva. Improvisación. Una orquesta que toca en vivo al tiempo en que otros caravaneros hacen animaciones que son proyectadas con la música. Animaciones simultaneas, artesanales y al alcance de la vista. Desde una versión irreconocible del abyecto grupo Mekano, Hawaii-Bombay, hasta una escenografía con el juego de acción y aventura de la PlayStation 2, no menos vil, Shadow of the Colossus. Ahí todo puede pasar. Una compañía del goce. Composiciones con varias guitarras, teclados y violín que, en consonancia con los artificios visuales, dan cuenta de una ambiciosa y por momentos placentera puesta en escena. Nerds afuera. Pulsión de innovar, tufo a vanguardia, lo que hacen los Palo y a la bolsa no aburre porque, entre otras cosas, sale de una cocina auténtica, de la paleta de la creación cueste lo que cueste, de la búsqueda intransigente por ser originales, en tanto y en cuanto ese vocablo remita a lo que originalmente se tenga para decir o mostrar.

¿Cómo cruzar la trama de estos escenarios con los vericuetos de la historieta evocada? Dejémosle harto ingrata tarea a algún mandarín de la estética, a reseñadores matriculados, a aduladores de oficio o a zanguijuelas de cotos cerrados. Mientras tanto y por mi parte, a la Bartleby, I would prefer not to.