27.11.09

Tres zonas discursivas, por Denise Neuman






Quiero plantear breves líneas de fuga a propósito de careos sobre la figura del espacio urbano en algunos textos contemporáneos de la literatura argentina. Donde cotejar no pretende hacer congeniar estéticas ni autores sino evitar las trampas de la minuciosidad y las solemnes angustias de los consabidos aparatos críticos y teóricos. Simplemente poner en evidencia el rol de los distintos espacios citadinos en las obras escogidas. Los escenarios en juego: Boedo, Parque Chacabuco y Avellaneda. Insistencias sobre Boedo en la poesía de Fabián Casas y Daniel Durand; estampas de Parque Chacabuco en prosa poética de Laura Estrin; en sinfonía fragmentada una Avellaneda posible por Hugo Savino.

Boedo

Fabián Casas, en El spleen de Boedo (2003), canta la sencillez, por momentos ramplona, de la vida moderna. Del barrio hablan las cosas cotidianas. Pero nada que sea propio del barrio de Boedo, sino más bien de cualquier barrio, de todos los barrios y ahora de Boedo: el envase retornable del almacén, la espiral para mosquitos debajo de las mesas, inútiles cortinas de plástico, cigarrillos y whisky, globos a gas en los techos, vecinos, empleados municipales, mosquiteros, galpones, la soga con ropa, la radio, el idolatrado fulbito, el potrero, la policía, los retazos de un país en quiebra. Nada singulariza a Boedo. El registro de los tiempos climáticos en sus versos o las descripciones que tienden a un posible objetivismo, dan cuenta de una poética de lo intrascendente cotidiano, donde la cotidianeidad se describe no con los hábitos, sino con los objetos, los que dan el cansancio, la imagen saturada de la adolescencia.

Una redención de lo común barrial. Al alcance de todos, sin filigranas verbales ni especializados vocabularios poéticos, rimas o métricas, la poesía de Casas busca lo habitual, el llano spleen del día a día, y es en esos límites en donde sus versos y las cosas del barrio pueden llegar a volverse un objeto poético. Viñetas urbanas marcadas por la observación de cualquier detalle. Una poesía descriptiva, asediada de lugares comunes, a los ojos de todos. En su sintaxis, que no es motivo de alegría, el espacio narrado evoca el espacio autobiográfico, experiencias de lugar, los relatos de Casas narran lánguidamente los barrios porteños de su adolescencia.

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Daniel Durand se pregunta en El cielo de Boedo (2004), ¿cómo se estudia el cielo? El teatro del cielo. El lienzo infinito de una esfera azul y diáfana vuelto objeto poético. La mirada de Durand es la propia de un encuadre aéreo. Como quien camina la ciudad con la mirada en lo alto: “posición del ojo: media altura, enfocado hacia los cielos bajo del fondo, con estetizada indiferencia de árboles y torres”, método que le permite ser testigo del espectáculo natural que brinda el cielo. Retratarlo en su cotidianeidad y en su espectáculo, lo que alcanza.

En cuatro tiempos, cuatro estaciones, se ritma el cielo, se compone un poemario. Viciado por el cielo, que encuentra la contracara en la tierra, encuentra una relación entre el cielo y la tierra, de causa-efecto. Desde el cielo descienden sus gamas de colores como órdenes, condicionando a los despertantes o a los durmientes, el florecer de la naturaleza, las costumbres de los días, los humores. Los colores hacen al tiempo. Y en esta minuciosidad hay algo que se percibe: el cielo de hoy, no es el mismo de ayer, ni será el de mañana. Con un soplo de viento, con la sucesión de minutos, el cielo será reflector de un abanico de colores en los cuales se sospecha la hora, la estación y el hábito de la ciudad: la vestimenta, el alimento, las actividades, el genio individual, y es esta amenaza del cielo, que vulnerabiliza la ciudad, espectante a que no pase lo peor, el mal tiempo: “yo pensé que estaba triste, pero solo tenía frío (…) el invierno que hasta hoy nos tuvo coagulados”.

No sólo el hombre con sus planos hace a la ciudad, sino también el cielo con sus vientos y sus nubes. Insisto: si hay algo que caracteriza al cielo es la mutabilidad constante, rápida, inevitable, casi como la de los estados de ánimo. Tal es su fugacidad, que la ciudad no podría precisar el instante en que éste viró. De un segundo a otro, una nube se deforma o un color baja de tono, siempre impercepible a nuestros ojos, y nos confunde, porque los tiempos de la ciudad son siempre más lentos que los del cielo.

El cielo, quizá es un poco esto: confusión de tiempos y velocidades: “ las casas y los edificios han comenzado a marchar plácidamente (…). Esta sensación dura un instante, son las nubes que avanzan todas a la misma velocidad y el mundo sigue quieto”. El cielo, como un techo para todos, espacio de regocijo común, un hogar que a nadie dejará ni padecerá de él. Cobija ciudades enteras, a todos por igual. Espacios, en definitiva, esclavos del cielo.

Parque Chacabuco

El costumbrismo que reconocemos en Parque Chacabuco (2004), y del que nos advierte su autora desde las primeras páginas, es también el de los cuadros. Y es una voz poética la que nos acerca esos materiales típicos, locales, propios y característicos de un lugar. Una sintaxis bailarina en versos pictóricos. Descripciones de espacios para mirar que también reflexionan sobre la educación de la mirada, un inventario en prosa lírica sobre la distancias de los cuerpos, transcripciones de gustos e inclinaciones, fotos de las plazas, de los ruidos de la calle o de los matices del sol. Poemas-estampa, bocetos de vidas, costumbres y lugares recorridos, espacios atravesados, mirados con cuidado, registrados desde la lupa de una sensibilidad propia, desde una voz propia.

Espacios frecuentados por la experiencia personal. Una serie de instantáneas yuxtapuestas, polifonía de parque, epifanías, desfile de oficios y de mercaderes ambulantes, recorridos asentados en fragmentos. Efectos de la minuciosa descripción de lugares, hábitos y empatías. Catálogo colorido de sonidos y vestimentas, poesía. Un manifiesto estético de gustos, un tratado sobre los colores, ya sea por los usos horarios y las manifestaciones de la luz solar, o las variantes de color en el maquillaje y en la ropa. Una poética retratística, de ambientes sociales y paisajes naturales. Historias de vidas retratadas en discursos directos, observaciones y saberes del lugar. Versos de espacios observados, retratados, casi como un film, casi como un apunte.

En sus páginas sobresalen las estampas de itinerarios y las notas sobre cómo escuchar y mirar lo estático y el movimiento. La ropa, que dice y define, los gustos que dictan. Una persistencia por las combinaciones. El yo poético atraviesa sin titubeos definiciones, ahí no hay neutros, en el estilo todo es definición, las descripciones opinan. La cognición por medio de sentidos: todo huele, tiene color, formas. Panorámicas desde un colectivo nos regalan una poesía del ojo y del oído. Ser o parecer del barrio. Algo con la religión, con la tradición, con las parejas, con los linajes. Fachadas. Episodios de un hoy. Sobre el paisaje descansan varias lógicas: la de los árboles, la de barrios limítrofes, la de las calles, la de los carteles, la de los colores que irradian tanto las cosas como las personas.

Impresionista, como la pintura que recrea escenas de la vida cotidiana, pinturas de naturaleza, sentimentales o anecdóticas, cuya técnica tradicionalmente fue la realista. En Parque Chacabuco se dan cita tanto el costumbrismo como el impresionismo. Los poemas representan extensiones que a su vez dan cuenta de una personal manera de sentir los espacios. Grados para la escritura: ese árbol, aquella persona, ese paseo, aquel recuerdo, esa secuencia de calles, ese pordiosero, una imagen puntillosa. Voces rusas, en hebreo y en idish que sin disonancias conviven en los poemas otorgando otra capa de intimidad y de ternura, y que acaso tengan algo que ver con las “deudas” que atribuye al Diario, y que leemos como post-data.

Avellaneda

“Anoto todo lo que anda dando vuelta”, de ese material está compuesta Viento del noroeste, (2006). Reconocimiento de lo multiforme, percepción de tonalidades, registros lunfardescos y giros de época, en un coro de voces que escenifican un tiempo y un paisaje perdido. Un cuaderno de maldiciones, de frases, de salvación, intrigas secretas o locuras fiables. Prosa poética. Correr el paisaje de Avellaneda, no caminarlo, y probar en la observación y en la pérdida, registros de la huída de una voz, de una línea de voces. Composición polifónica de un tiempo, ufanada en discursos breves y razonamientos epigramáticos. Relato rítmico e histriónico. Digamos, género libre. Alguien que escribe las cosas que quiere leer. Dirán, ronda la categoría de autor de un sólo texto. Elementos de su poética: Irma la costurera, la máquina Singer, lugares que ilustran la narración: muchas calles, Paláa al 600 y sus intersecciones, conventillos, patios, piezas, comisarías, cafés, esquinas populosas. Paisajes propios, nada de realismo escolar ni pedagogías del naturalismo. Momentos, formas, inspiraciones de escritura. “La mañana de color naranja entraba en el domingo”. Pintor de un barrio de trabajadores, o como escribe Américo Cristófalo en “Sueño Porteño”, (Baudelaire, 2002): “pintor de conventillos dormidos”.

Ya el mismo Baudelaire en 1864 escribe en sus rabiosos cuadernos sobre Bélgica: “cada país tiene su olor, (…) Rusia huele a cuero. Bruselas huele a jabón negro”. Rilke dice en los Cuadernos de Malte Laurids Brigge (1910): “Todas las ciudades huelen en verano”. Nueva York, en 1950, para Jonas Mekas, tiene olor a acero y a hierro. Avellaneda, a principios de siglo, huele a la monotonía barrial de un rentista: “Todo olía a alcanfor, a escupidera, a pies, a ropa interior de tres días: todo olía a gente que se bañaba una vez a la semana. Olía”. Se acerca el olor a pobre de la Avellaneda rentista: comisarías y puertas recién pintadas, la hora de la siesta en el patio, el repatio o el traspatio, la primera cebada del mate o el cigarrillo que borra todos los olores que trae el viento. Un olor-paisaje-experiencia de un barrio que resume y que nos llega como un espacio sin movimiento urbano, paralizado ante el momento de escritura, lleno de interiores: cafés, piezas, casas, y vecinos desde lo lejano, el escándolo barrial, las mujeres de hombros descubiertos, los comerciantes, el gay, todos desde lo lejano.

Avellaneda, un paisaje con poco para ver: “es preferible el caos que genera uno que el que es generado por todos. Rostros cansados del trabajo manual”. Barrio que muestra la diferencia de jefes y empleados, de morenos, “los rubios son polacos o enigmas”, de cansados, “los ojos marchitos de Irma”. En contra de las novelas hechas para las tesis de doctorado Savino compone una ciudad más allá del tiempo llena de calles, de tonos, de voces. Y en su fraseo, y sobretodo, en la evocación de un barrio y de una vida errante de escritor escenificada en un espacio y en un tiempo, puede que haya un desarreglo que tenga por objeto la palabra.

La conspicua y conseguida búsqueda de un registro propio, la nobleza de un linaje reconocible. Una novela que denota mucho oído y atención por las formas. Escuchar hablar al tiempo, como en sus versos: “La luz del mediodía inmoviliza el paisaje/ (…) Cerrar los ojos por unos segundos/ y volver a mirar contra el horizonte,/ el fluir del mar, verdemoco,/ hacia la luz intensa del día” (La línea del tiempo, 2002). Escribir el paso del tiempo y las mutaciones propias de una voz. Melodías del tiempo, voces, rumores, coros para recrear espacios, a través de un canto, anotaciones y una agradecida poesía novelada.

Vislumbre

En la búsqueda de figuras literarias, las atendidas son obras que teorizan los espacios y que hacen de ellos su tema central: de cómo habitarlos, cómo perseverar cuando los cambios ocurren, cómo intervenir cuando el tiempo los gasta y cómo hacerlos propios. Espacios: barrios, zonas, lugares, ciudades. Cada una de las obras muestra, a su manera, una problemática triangular entre espacio, tiempo y autor, y cómo una voz, un registro consigue hacer propio un espacio público, tal es la ciudad, interviniendo con la invención literaria. Hacer de un discurso repetido y compartido de la ciudad, el propio literario. Dotar al lenguaje de transformación, producción y salir del lenguaje como expresión. Evocaciones, remembranzas, observaciones: reflexividad de la ciudad.